viernes, 15 de julio de 2011

Leyendas

Leyenda de el lago de Pana jachel




Contaba el abuelo Chico, que hace, ya muchos años que la gente comenta que el lago tiene un Nahual o sea un protector de las aguas profundas y azules. Algunos aseveran que es un enorme lagarto, otros una gran tortuga, y finalmente otros dicen que es una Serpiente, de larga cabellera, ojos brillantes y que le gusta salir en luna llena y pasearse por todos sus dominios.
Pues resulta que el abuelo Chico no muy creía en estas cosas, que el decia eran productos de la imaginación de la gente. Un dia llego hasta la casa Andres, un hermano de la abuelita. Venia con cara de asustado por el diablo, con los ojos saltados y casi no pronunciaba palabra.
La abuela le trajo un vaso de agua y de un golpe Andrés se lo tomo. Cuando se hubo calmado un poco, le conto a los a los abuelos que desde la desembocadura del río San Francisco, en Panajachel , vío por encima del lago la serpiente melenuda. Conto que tenia ojos brillantes, que salio de las playas del Jaibal y cruzo veloz hacia las playas del Cerro de Oro bajo el esplendor de la hermosa luna llena de ese marzo caliente.
Andrés le dijo a la abuelo Chico y a la abuela Lola que lo acompañaran a la playa para ver si era posible ver nuevamente al Nahual. Pasaron los minutos y por sobre las calmadas aguas del Lago de Atitlán no se veia absolutamente nada… De pronto, por la bahia de San Lucas Toliman , se vió avnzar nuevamente al Nahual, como de cuatro cuadras de largo. Ante los ojos atónitos del abuelo Chico, la abuela Lola y Andres , estaba el ser enviado del cosmos, de los dioses de la naturaleza, para que todos aquellos que le hicieran daño al lago y a los que lo habitaran y no lo cuidaran como los antepasados lo hicieron , fueran castigados conforme a la ley de la naturaleza. El abuelo Chico recibió una gran lección pues con sus propios ojos vio como el Nahual del Lago de Atitlan se sumergió en las profundas y milenarias aguas del lago. En idioma maya, Atit significa abuelita y tlan, agua sagrada, o sea el agua sagrada de la abuelita por lo que el Nahual es un ser celoso de su mision .





 

El Sombrerón





El sombreron es otra de las leyendas que están muy arraigadas en las costumbres y tradiciones de Guatemala,…. Un día, como a las seis de la tarde, aparecieron en la esquina de la casa de Celina cuatro mulas amarradas. Pasaron por allí dos vecinas y una de ellas dijo: "¡Qué raro! ¿No serán las mulas del sombrerón?". "¡Dios nos libre!" dijo la otra, y salieron corriendo.
A esa hora, Celina comenzaba a dormirse porque ya se sentía muy cansada. Entonces comenzó a oir una música muy bonita y una voz muy dulce que decía: "eres palomita blanca como la flor de limón, sino me das tu palabra me moriré de pasión"
Desde ese día, todas las noches, Celina esperaba con alegría esa música que sólo ella escuchaba. Un día no aguantó la curiosidad y se asomó a la ventana y cual siendo la sorpresa, ver a un hombrecillo que calzaba botitas de piel muy brillante con espuelas de oro, que cantaba y bailaba con su guitarra de plata, frente a su ventana.
Desde entonces, Celina no dejó de pensar en aquel hombrecito. Ya no comía, sólo vivía esperando en momento de volverlo a escuchar. Ese hombresito la había embrujado.
Al darse cuenta los vecinos, aconsejaron a los padres de Celina que la llevaran a un convento para poderla salvar, porque ese hombrecito era el "puritito duende". Entonces Celina, fue llevada al convento donde cada día seguía más triste, extrañando las canciones y esa bonita música. Mientras tanto el hombrecito se volvía loco, buscándola por todas partes. Por fín la bella Celina no soportó la tristeza y murió el día de Santa Cecilisa. Su cuerpo fue llevado a la casa para velarlo. De repente se escuchó un llanto muy triste. Era el sombrerón, que con gran dolor llagaba a cantarle a su amada: "ay...ay... mañana cuando te vayas voy a salir al camino para llevarte el pañuelo de lágrimas y suspiros".
Los que vieron al sombrerón cuentan que gruesas lágrimas rodaban mientras cantaba: "estoy al mal tan hecho que desde aquí mi amor perdí, que el mal me parece bien y el bien es mal para mi". Toda la gente lloraba al ver sus sufrimiento. Y cuentan que para el día de Santa Cecilia, siempre se ven las cuatro mulas cerca de la tumba de Celina y se escucha un dulce canto: "corazón de palo santo ramo de limón florido ¿por qué dejas en el olvido a quien te quiera tanto?"
Y es que se cuenta que el sombrerón nunca olvida a las mujeres que ha querido.


La Llorona


La Llorona es una de las leyendas con más fuerza en nuestro país. Hoy día su presencia sigue causando tanto pavor como hace siglos. La gente del pueblo no duda en afirmar su existencia e incluso los más instruidos temen objetar algo ante quien afirma haberla visto, pues está tan imbuida en el pensar del guatemalteco que forma parte misma de su existencia y se le otorga el carácter de realidad. Tenemos un gran número de versiones sobre su presencia y lo que la obliga a lanzar ayes lastimeros por la noche, pero lo que nadie puede negar es que ha trascendido las barreras del espacio y el tiempo hasta llegar a ser parte de la idiosincrasia de un pueblo. Es lo cotidiano de lo sobrenatural y la representación de la desesperanza.

La leyenda

"…Una mujer, envuelta en un flotante vestido blanco y con el rostro cubierto con velo levísimo que revoleaba en torno suyo al fino soplo del viento, cruzaba con lentitud parsimoniosa por varias calles y plazas de la ciudad, unas noches por unas, y otras, por distintas; alzaba los brazos con desesperada angustia, los retorcía en el aire y lanzaba aquel trémulo grito que metía pavuras en todos los pechos. Ese tristísimo ¡ay! mis hijos... Levantábase ondulante y clamoroso en el silencio de la noche, y luego que se desvanecía con su cohorte de ecos lejanos, se volvían a alzar los gemidos en la quietud nocturna, y eran tales que desalentaban cualquier osadía.

Así, por una calle y luego por otra, rodeaba las plazas y plazuelas, explayando el raudal de sus gemidos; y, al final, iba a rematar con el grito más doliente, más cargado de aflicción, en la Plaza Mayor, toda en quietud y en sombras. Allí se arrodillaba esa mujer misteriosa, vuelta hacia el oriente; inclinábase como besando el suelo y lloraba con grandes ansias, poniendo su ignorado dolor en un alarido largo y penetrante; después se iba ya en silencio, despaciosamente, hasta que llegaba al lago, y en sus orillas se perdía; deshacíase en el aire como una vaga niebla, o se sumergía en las aguas (…) No sólo por la ciudad de Santiago de los Caballeros andaba esta mujer extraña, sino que se la veía en varias ciudades de la Guatemala de antaño.
Atravesaba, blanca y doliente, por los campos solitarios; ante su presencia se espantaba el ganado, corría a la desbandada como si lo persiguiesen; a lo largo de los caminos llenos de luna, pasaba su grito; escuchábase su quejumbre lastimera entre el vasto rumor del mar de los árboles de los bosques; se la miraba cruzar, llena de desesperación, por la aridez de los cerros, la habían visto echada al pie de las cruces que se alzaban en las montañas y senderos; caminaba por veredas desviadas, y sentábase en una peña a sollozar; salía misteriosa de las grutas, de las cuevas en que vivían las feroces animalias del monte; caminaba lenta por las orillas de los ríos, sumando sus gemidos con el rumor sin fin de las aguas…

El cadejo



El cadejo es el espíritu que cuida el paso tambaleante de los borrachos, "es un animal en forma de perro, negro, lanudo, con casquitos de cabra y ojos de fuego". Su trabajo es perseguir o cuidar a los bolos que les gusta mucho el guaro y se quedan tirados en la calle, según la leyenda hay dos tipos de cadejos uno malo y uno bueno, el malo es el de color negro, y el bueno de color blanco. Aunque según las personas que les han visto siempre ven a los dos, pero siempre el negro mas inquieto y distante y el bueno echado cerca de la persona, resguardándola del cadejo malo
Hay que tener cuidado aunque sea un espíritu protector porque al beber demasiado y muy frecuente, "el Cadejo lo puede trabar, pues si se lo encuentra a uno tirado y le lame la boca, ya lo jodió para siempre, pues entonces uno jamás se compone". El Cadejo acostumbra seguir por nueve días al hombre al que le lamió la boca y no lo deja en paz.

La leyenda.

1) Hubo un joven que era muy trasnochador. Se llamaba Carlos Roberto y era guardián de un terreno. Siempre que regresaba ya muy entrada la noche, encontraba un perro blanco enfrente de su puerta. Era grande y peludo, pero nunca dejaba que Carlos se le acercara. El perro al ver que él entraba a su casa se sacudía, daba vuelta y desaparecía. Y esto sucedía todas las noches que Carlos llegaba muy tarde a su casa. Un día de tantos, Carlos quiso seguirlo para verlo de cerca y de donde venía, pero nunca lo logro alcanzar.
Alguien le dijo que era El Cadejo, y que cuidaba de su mujer y sus hijos cuando el no estaba.Este es el Cadejo bueno, el que anda y cuida a las mujeres, porque el Cadejo negro es que siempre anda detrás de los hombres que están borrachos




Leyenda del Volcán
Hubo en un siglo un día
que duró muchos siglos
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los
tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el
río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.
Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas
de maravillas.
Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el
río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.
Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que
saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el
fondo del río sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la
tierra antes que cayera el sol.
Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.
Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.
Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las
culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes,
micos, micoleones, garrobos y mapaches.
Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de
lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.
Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el
viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de
los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo;
todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.
—¡Nido!...
Pió Monte en un Ave.
Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.
Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida
que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos
crucecitas negras, olorosa a pescado femenina como dedo meñique.
A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía
cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el
río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil... ¡La Tierra de los Árboles!
Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los
diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera
vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.
Nido calmó a sus compañeros —extrañas plantas móviles—, que miraban sus retratos
en el río sin poder hablar.
—¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles,
con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que
matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual
l! ¡Nuestro natal!
Que y es muy repartida entre los indios la creencia de un espíritu protector, encarnado en un animal, que
puede equipararse al Ángel de la Guarda de los católicos, y “el cual -escribe Herrera, en su libro sobre las
Indias Occidentales- es lo más que puede decirse para significar guardia o compañero, agregando que la
La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con
trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.
Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada
bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto...
La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril
fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las
huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.
Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.
Dos montañas movían los párpados a un paso del río:
La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus
brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la
tierra.
Y la incendió.
La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la
uñas.
El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que
escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en
el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas.
Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de
monte, torpes, con las pupilas cenicientas.
Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué
largo escalofrío...!
Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas,
los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las
taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.
Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras
y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en
diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las
cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse
campo.
Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo
mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre
dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los
puercoespines, las moscas, las hormigas...
Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían
como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed
blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas
de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes;
las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que
alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en
las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse,
las apagó.
amistad entre el indio y su nahual llega a ser tan fuerte que, cuando uno muere, el otro hace otro tanto, y sin
nahual, el indio cree que ninguno puede ser rico o poderoso”.
“Cuando el niño nace se le dedica o sujeta a un animal, que el dicho niño ha de tener por nahual, que es como
decir por dueño de su natividad y señor de sus acciones, o lo que los gentiles llaman hado y en virtud de este
pacto queda el niño sujeto a todos los peligros y trabajos que padeciere el animal hasta la muerte”. (Ruiz de
Alarcón, Tratado de las supersticiones de los naturales de Nueva España, 1629).
Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el
agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y
cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro
muchos siglos.
Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni
aurora.
—Nido —le dijo el corazón—, al final de este camino...
Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.
Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de
otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.
Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un
pan de culebra le llamaba una voz muy honda.
Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus
espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.
Anduvo y anduvo...
Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su
nombre:
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y
niño la trinidad le recibía. Y oyó:
¡Nido, quiero que me levantes un templo!
La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en
la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.
Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán
apagaba sus entrañas —en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas
en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo,
no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.





Leyenda de la Tatuana
Ronda por Casa-Mata la Tatuaba...
El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres
blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas
que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana —piedra que habla— y leer los
jeroglíficos de las constelaciones.
Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde está plantado, sin que ninguno lo
sembrara, como si lo hubieran llevado los fantasmas. El árbol que anda ... El árbol que
cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto muchas lunas,
como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar de la Abundancia.
Al llenar la luna del Búho-Pescador (nombre de uno de los veinte meses del año de
cuatrocientos días), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos. Cuatro eran
los caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades del
cielo. La negra extremidad: Noche sortílega. La verde extremidad: Tormenta primaveral.
La roja extremidad: Guacamayo o éxtasis de trópico. La blanca extremidad: Promesa de
tierras nuevas. Cuatro eran los caminos.
—¡Caminín! ¡Caminito!... —dijo al Camino Blanco una paloma blanca, pero el
Caminito Blanco no la oyó. Quería que le dieran el alma del Maestro, que cura de sueños.
Las palomas y los niños padecen de ese mal.
—¡Caminín! ¡Caminito! ... —dijo al Camino Rojo un corazón rojo; pero el Camino
Rojo no lo oyó. Quería distraerlo para que olvidara el alma del Maestro. Los corazones,
como los ladrones, no devuelven las cosas olvidadas.
—¡Caminín! ¡Caminito!... —dijo al Camino Verde un emparrado verde, pero el
Camino Verde no lo oyó. Quería que con el alma del Maestro le desquitase algo de su
deuda de hojas y de sombra.
¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?
¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?
El más veloz, el Camino Negro, el camino al que ninguno hablo en el camino, se
detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y en el barrio de los mercaderes, por un ratito de
descanso, dio el alma del Maestro al mercader de joyas sin precio.
Era la hora de los gatos blancos. Iban de un lado a otro. ¡Admiración de los rosales!
Las nubes parecían ropas en los tendederos del cielo.
Al saber el Maestro lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana
nuevamente, desnudándose de la forma vegetal de un riachuelo que nacía bajo la luna
ruboroso como una flor de almendro, y encaminóse a la ciudad.
Llegó al valle después de una jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que
volvían los rebaños, conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente a sus
preguntas, extrañados, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.
En la ciudad se dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban las pilas públicas. El
agua sonaba a besos al ir llenando los cántaros. Y guiado por las sombras, en el barrio de
los mercaderes encontró la parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de
Joyas sin precio. La guardaba en el fondo de una caja de cristal con cerradores de oro.
Sin perder tiempo se acerco al Mercader, que en un rincón fumaba, a ofrecerle por ella
cien arrobas de perlas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Cien arrobas de perlas? ¡No, sus joyas
no tenían precio!
El Maestro aumentó la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar su tanto. Le daría
esmeraldas, grandes como maíces, de cien en cien almudes, hasta formar un lago de
esmeraldas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Un lago de esmeraldas? ¡No, sus joyas
no tenían precio!
Le daría amuletos, ojos de namik para llamar el agua, plumas contra la tempestad,
marihuana para su tabaco...
El Mercader se negó.
¡Le daría piedras preciosas para construir, a medio lago de esmeraldas, un palacio de
cuento!
El Mercader se negó. Sus joyas no tenían precio, y, además ¿a que seguir hablando?,
ese pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en un mercado de esclavas, por la esclava
más bella.
Y todo fue inútil, inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su deseo
de recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón.
Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los gatos negros de los
gatos blancos y al Mercader del extraño comprador, que al salir sacudió sus sandalias en el
quicio de la puerta. El polvo tiene maldición.
Después de un año de cuatrocientos días —sigue la leyenda— cruzaba los caminos de
la cordillera el Mercader. Volvía de países lejanos, acompañado de la esclava comprada
con el alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos las gotitas de miel, y
de un séquito de treinta servidores montados.
—¡No sabes —decía el Mercader a la esclava, arrendando su caballería— cómo vas a
vivir en la ciudad! ¡Tu casa será un palacio y a tus órdenes estarán todos mis criados, yo el
último, si así lo mandas tú!
—Allá —continuaba con la cara a mitad bañada por el Sol— todo será tuyo. ¡Eres una
joya, y yo soy el Mercader de joyas sin precio! ¡Vales un pedacito de alma que no cambié
por un lago de esmeraldas! ... En una hamaca juntos veremos caer el sol y levantarse el día,
sin hacer nada, oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino,
dice, está en los dedos de una mano gigante, y sabrá el tuyo, si así lo pides tú.
La esclava se volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba
diluyendo a la vez. Los árboles tejían a los lados del camino una caprichosa decoración de
güipil. Las aves daban la impresión de volar dormidas, sin alas, en la tranquilidad del cielo,
y en el silencio de granito, el jadeo de las bestias, cuesta arriba, cobraba acento humano.
La esclava iba desnuda. Sobre sus senos, hasta sus piernas, rodaba su cabellera negra
envuelta en un solo manojo, como una serpiente. El Mercader iba vestido de oro, abrigadas
las espaldas con una Manta de lana de chivo. Palúdico y enamorado, al frío de su
enfermedad se unía el temblor de su corazón. Y los treinta servidores montados llegaban a
la retina como las figuras de un sueño.
Repentinamente, aislados goterones rociaron el camino percibiéndose muy lejos, en los
abajaderos, el grito de los pastores que recogían los ganados, temerosos de la tempestad.
Las cabalgaduras apuraron el paso para ganar un refugio, pero no tuvieron tiempo: tras los
goterones, el viento azotó las nubes, violentando selvas hasta llegar al valle, que a la
carrera se echaba encima las mantas mojadas de la bruma, y los primeros relámpagos
iluminaron el paisaje, como los fogonazos de un fotógrafo loco que tomase instantáneas de
tormenta.
Entre las caballerías que huían como asombros, rotas las riendas, ágiles las piernas,
grifa la crin al viento y las orejas vueltas hacia atrás, un tropezón del caballo hizo rodar al
Mercader al pie de un árbol, que, fulminado por el rayo en ese instante, le tomó con las
raíces como una mano que recoge una piedra, y le arrojó al abismo.
En tanto, el Maestro Almendro, que se había quedado en la ciudad perdido,
deambulaba como loco por las calles, asustando a los niños, recogiendo basuras y
dirigiéndose de palabra a los asnos, a los bueyes y a los perros sin dueño, que para e1
formaban con el hombre la colección de bestias de mirada triste.
—¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? ... —preguntaba de puerta en puerta a
las gentes, que cerraban sin responderle, extrañadas, como ante una aparición, de su túnica
verde y su barba rosada.
Y pasado mucho tiempo, interrogando a todos, se detuvo a la puerta del Mercader de
Joyas sin precio a preguntar a la esclava, única sobreviviente de aquella tempestad:
—¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? ...
El sol, que iba sacando la cabeza de la camisa blanca del día, borraba en la puerta,
claveteada de oro y plata, la espalda del Maestro y la cara morena de la que era un pedacito
de su alma, joya que no compró con un lago de esmeraldas.
—¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?.. .
Entre los labios de la esclava se acurrucó la respuesta y endureció como sus dientes. El
Maestro callaba con insistencia de piedra misteriosa. Llenaba la luna del Búho-Pescador.
En silencio se lavaron la cara con los ojos, al mismo tiempo, como dos amantes que han
estado ausentes y se encuentran de pronto.
La escena fue turbada por ruidos insolentes. Venían a prenderles en nombre de Dios y
el Rey; por brujo a él y por endemoniada a ella. Entre cruces y espadas bajaron a la cárcel,
el Maestro con la barba rosada y la túnica verde, y la esclava luciendo las carnes que de tan
firmes parecían de oro.
Siete meses después, se les condenó a morir quemados en la Plaza Mayor. La víspera
de la ejecución, el Maestro acercóse a la esclava y con la uña le tatuó un barquito en el
brazo, diciéndole:
—Por virtud de este tatuaje, Tatuana, vas a huir siempre que te halles en peligro, como
vas a huir hoy. Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este barquito en
el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y vete...
¡Vete, pues mi pensamiento es más fuerte que ídolo de barro amasado con cebollón!
¡Pues mi pensamiento es más dulce que la miel de las abejas que liban la flor del
suquinay!
¡Pues mi pensamiento es el que se torna invisible!
Sin perder un segundo la Tatuana hizo lo que el Maestro dijo: trazó el barquito, cerró
los ojos y entrando en él —el barquito se puso en movimiento—, escapó de la prisión y de
la muerte.
Y a la mañana siguiente, la mañana de la ejecución, los alguaciles encontraron en la
cárcel un árbol seco que tenía entre las ramas dos o tres florecitas de almendro, rosadas
todavía.

La Leyenda Del Mico Brujo

En todo Centroamérica se conoce la leyenda del “Mico Brujo”. En algunas partes también le dicen la Mona.

Decían nuestros antepasados que había unas mujeres que a las once de la noche se daban tres volantines para atrás y luego tres para adelante; que esta mujeres tenían un guacal blanco y que a la última voltereta vomitaban el alma en el guacal. Ya sin alma, tomaban figura de monos o micos y se dedicaban a hacer “diabluras”.

Y así, estas brujas, acompañadas de la oscuridad de la noche, se trepaban a los árboles y tiraban frutas a la gente. Se subían a los techos de las casas, saltando de un lugar a otro y arrojando pedradas contra las piedras de la calle. Muchas personas han tratado de agarrar y matar a la mona o al mico, pero de nada les sirve, pues cuando ya están cerca y creen tenerlo acorralado se les esfuma como por encanto.

También contaban nuestros antepasados que estas mujeres podían convertirse en chanchas grandes, negras y llenas de lodo.

Apenas veían a la persona “señalada”, aligeraban su trote y comenzaban a gruñir. Embestían furiosamente a la persona y le daban trompadas y mordiscos en las piernas hasta derribarla y hacerle perder el conocimiento. Al día siguiente, la víctima amanecía molida y mordida, y con los bolsillos vacíos.
El Duende
Es un singular espanto que camina con los pies volteados emitiendo un chillido aterrador.
Se dedica a fastidiar las familias de los campesinos hasta que los desespera y los hace emigrar hacia las ciudades.
La mayoría de veces se dedican a cambiar las cosas de su lugar o esconderlas. El duende habita en cuevas ubicadas en barrancos, en donde acostumbra esconder a los niños para hacerles comer excremento de caballo o enloquecerlos.
Por las noches se dedica a tirar piedras a los techos de la casas, a perseguir a las muchachas en edad de tener novio, a hacerle trenzas a los caballo o a tocar guitarra. Precisamente una de las maneras de ahuyentarlo es colocándole una guitarra destemplada a media noche y así dejará en paz a la familia.
Dice la Leyenda que el duende es un ángel expulsado del cielo debido a su envidia hacia Dios, y fue condenado a vagar por los campos asustando a las personas.
Cuentan que "a las jovencitas que tienen novio y cuando éste está de visita, las fastidian con órdenes o secretos malignos al oído, que el pobre joven se indigna y termina por no volver a ver a su adorada.
Si no esta presente el muchacho o pretendiente, las perturban en la casa con órdenes y consejos, hasta que las enajenan para que no se verifique el matrimonio. Durante el sueño, estos espíritus les ocasionan pesadillas, las llaman a un lugar conocido, hasta que las tornan sonámbulas.
Así han encontrado varias vagando lejos de su residencia, que van o vienen por determinado sitio, sin darse cuenta ellas de tal acto. Hasta que alguno de la familia o conocido la encuentra en estado de subconciencia."

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